Hay una definición de heredero que yo suelo usar por el grafismo de la misma: heredero es el continuador de la personalidad jurídica del causante. Pues bien, ¿que pasa con nuestra “personalidad digital” cuando ya no estamos? Hoy en día, y el día de mañana más, como consecuencia de la digitalización de cientos de miles de documentos físicos, adquiere importancia determinar el destino de los mismos. Antes se veía muchas cláusulas testamentarias en las que se legaba “mi colección de libros” “la biblioteca jurídica ARANZADI”, etc… ¿porque no se van a poder transmitir nuestros archivos? ¿y todos los documentos, e-mails, videos, fotos que tenemos en la nube?. Estamos cada vez más presentes en la red, disponemos de perfiles en Facebook, Twister, Linkedin, etc… todo esto no se “muere” cuando nosotros si lo hacemos. Es lo que se denomina la herencia digital y existe un vacío normativo en este campo. Sin embargo, nosotros los juristas, ante un vacío normativo acudimos a la interpretación integradora del derecho, que se traduce a aplicar los principios básicos e interpretar de forma analógica y finalista las normas para suplir ese vacío.

Hay un principio básico del derecho y es que las normas deben interpretarse con arreglo a la realidad  social en el que han de ser aplicadas, de ahí que ante esa realidad imparable del crecimiento de los “bienes digitales” debemos reaccionar. Para ello debemos saber qué hacer, y para ello debemos saber qué queremos. Sino se hace nada, será el heredero el que tenga el derecho y la obligación de “hacerse cargo” de nuestro patrimonio digital, pero cuidado,  siempre que no haga uso de las mismas porque podría usurpar la personalidad de su causante por suplantación. Sin embargo, en testamento podemos realizar atribuciones concretas de bienes digitales a personas concretas, e incluso designar un “albacea digital” que deberá cumplir nuestras instrucciones al pie de la letra, con el importante matiz de que le deberemos hacer depositario de los medios para cumplir esas instrucciones (contraseñas, claves, permisos, etc…) ya sea para desarrollarlo, destruirlo, eliminar perfiles, aplicar un destino a esos  bienes, o, según los casos, gestionar los posibles ingresos que se deriven del cobro de beneficios que generan, por ejemplo, muchos blogs o cuentas de Twitter por publicidad u otros conceptos.

Es necesario, por tanto,  que seamos conscientes de la importancia de que si bien nosotros tarde o temprano nosotros nos “iremos”, no debemos dejar cabos sueltos o nuestro fantasma digital seguirá deambulando por el castillo hasta que alguien se encargue de darle el merecido descanso. Para ello, es necesario acudir al notario y recibir el adecuado asesoramiento.